La digestión no empieza cuando comes. Empieza cuando tu cuerpo sabe que vas a comer.
Después de hablar de cómo vive una mujer con hinchazón abdominal, probablemente aparezca una pregunta bastante lógica:
”¿Qué está pasando dentro de mi cuerpo para que mi barriga se hinche tanto?”
Y para empezar a responderla tenemos que ir al principio.
O, mejor dicho, a donde realmente empieza una buena digestión.
Sensores que activan la digestión
La mayoría de las personas piensa que la digestión comienza cuando la comida llega al estómago.
Pero no es así, empieza mucho antes, cuando ves la comida, cuando la hueles, cuando empiezas a cocinar…
Incluso cuando piensas en aquello que vas a comer.
En ese momento, tu cerebro manda el primer aviso.
Como el encargado de una gran fábrica que abre la puerta y grita:
”¡Equipo… que viene la comida!”
Y, de repente, todo empieza a prepararse.
La boca comienza a salibar, el estómago recibe el aviso de que dentro de poco tendrá trabajo, el páncreas empieza a prepararse, la vesícula biliar también sabe que en algún momento tendrá que participar…
Todo el aparato digestivo empieza a organizarse antes incluso de que llegue el primer bocado.
Porque una buena digestión empieza con un equipo preparado.
Pasos del proceso de digestión
Y entonces llega la comida a la boca.
Aquí ocurre algo que hacemos todos los días y a lo que, sin embargo, prestamos poquísima atención.
Masticar.
Parece algo demasiado sencillo como para tener importancia pero la boca es el primer lugar donde empezamos a facilitarle el trabajo al resto del equipo.
Los dientes rompen el alimento , la lengua lo mezcla, la saliva lo humedece y algunas enzimas empiezan ya a actuar.
Cuanto mejor preparado llegue ese alimento al siguiente miembro del equipo, más fácil será continuar con el proceso.
Sin embargo, muchas veces hacemos justo lo contrario.
- Comemos deprisa.
- Mirando el móvil.
- Contestando mensajes.
- De pie.
- Pensando en la siguiente tarea.
A veces casi sin darnos cuenta de lo que tenemos en la boca.
Tragamos. ¿y bebemos?
Y dejamos al siguiente miembro del equipo más trabajo del que le correspondía.
Aquí aparece otro hábito aparentemente inocente. Beber grandes cantidades mientras comemos.
En consulta suelo hacer una pregunta un poco extraña:
”¿Alguna vez has hecho cemento?”
Los que tenemos cierta edad sabemos perfectamente de qué hablo.
Antiguamente era bastante habitual acabar ayudando a nuestros padres o abuelos con alguna obra en casa.
Cogías la mezcla. Añadías agua. Removías. Y buscabas la consistencia adecuada.
Si te pasabas con el agua, la mezcla cambiaba.
Con el estómago no ocurre exactamente igual, pero esta imagen nos sirve para entender algo importante.
Cuando comemos, el estómago no es una bolsa pasiva donde simplemente cae la comida.
Está mezclando constantemente el alimento con sus jugos digestivos hasta conseguir el contenido adecuado para seguir avanzando.
El agua que bebemos durante la comida también entra en esa mezcla.
Y aunque un estómago sano es perfectamente capaz de adaptarse, hay personas con hinchazón, digestiones pesadas o mucha sensación de plenitud que toleran peor añadir grandes cantidades de líquido a una comida que ya les cuesta digerir.
Por eso muchas veces propongo algo muy sencillo: hidratarse bien durante el resto del día y evitar convertir la comida en el momento de beber grandes cantidades de agua.
No porque el agua sea mala ni porque un vaso vaya a apagar el ácido del estómago sino porque estamos intentando ponérselo fácil a un aparato digestivo que quizá ya está trabajando con dificultad.
Y ahora sí llegamos a uno de los miembros más importantes de este equipo.
El estómago. el laboratorio de la digestión
Durante mucho tiempo lo hemos imaginado simplemente como una bolsa donde cae la comida.
Pero el estómago es muchísimo más que eso. Es un auténtico laboratorio.
Cuando recibe la señal de que la comida está en camino, empieza a preparar una de las herramientas más importantes de la digestión: el ácido clorhídrico.
El ácido clorhídrico
Aquí suele aparecer una de las primeras sorpresas en consulta.
Porque casi todo el mundo piensa que el ácido es el malo de la película, que cuanto menos ácido tenga el estómago, mejor.
Que si existe ardor necesariamente sobra ácido y que, por tanto, lo lógico es apagarlo.
Pero si nuestro cuerpo fabrica ácido todos los días, merece la pena hacerse una pregunta muy sencilla.
¿Para qué lo fabrica? No está ahí por error. Ni para hacernos daño. Lo necesitamos.
El ácido tiene varios trabajos importantes:
Uno de los principales es preparar las proteínas para que puedan empezar a digerirse correctamente.
Pero cada macronutriente sigue un camino diferente.
- Los hidratos de carbono ya habían comenzado su digestión en la boca y continuarán gran parte de su recorrido más adelante.
- Las grasas también empiezan a trabajarse, aunque buena parte de su digestión llegará después, cuando entren en juego la bilis y el páncreas.
El estómago no tiene que terminar el trabajo de todos sino hacer bien su parte para que el siguiente miembro del equipo reciba el alimento correctamente preparado.
Además, el ácido cumple otra función fundamental y es que forma parte de nuestras primeras defensas frente a muchos microorganismos que llegan acompañando a los alimentos.
Por eso no estamos hablando simplemente de tener más o menos ácido estamos hablando de que el estómago tenga el ácido que necesita para poder hacer correctamente su trabajo.
Y cuando eso no ocurre, todo lo que viene después puede empezar a funcionar en peores condiciones.
Donde comienza entonces la digestión
Por eso, aunque tú notes la hinchazón mucho más abajo… el problema puede haber empezado bastante más arriba.
Y aquí aparece una pregunta que escucho continuamente:
“Entonces, si el ácido es tan importante… ¿por qué tengo reflujo y siento que me quema?”
Es una pregunta completamente lógica.
Porque durante años hemos asociado automáticamente una cosa con la otra.
- Ardor igual a exceso de ácido.
- Reflujo igual a exceso de ácido.
Pero quizá haya llegado el momento de hacernos otra pregunta: ¿Y si no siempre fuera así?
En el siguiente capítulo hablaremos precisamente de eso. De los antiácidos. Del reflujo.
De por qué tener contenido ácido subiendo hacia el esófago no significa necesariamente que el estómago esté fabricando demasiado ácido.
Y de qué ocurre cuando, por distintos motivos, el estómago empieza a producir menos ácido del que necesita.


